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Capitalismo para dummies: cómo deshacerte de un enemigo

27 diciembre 2010

No sé si en las grandes escuelas de marketing enseñan esto directamente, a lo descarado, pero creo que una de las cualidades más sorprendentes del sistema en que vivimos es su capacidad para eliminar a sus enemigos sin derramamientos de sangre (luego están los casos peliagudos, pero esos no nos interesan ahora mismo).

Para empezar, es evidente que dos de las bases del sistema actual son el consumismo y la diferencia entre países ricos y pobres. Mientras unos vivan explotados, fabricarán lo que los otros comprarán, generando y manteniendo el ciclo del consumo, que no hace más que agrandarse a cada vuelta que da.

De repente, alguien se entera de que hay gente que vive en la pobreza. Eso no es justo. Hay que cambiarlo. Éste, el que quiere cambiar el orden natural de las cosas para nosotros los capitalistas, es nuestro enemigo. ¿Qué hacer ahora?

  1. Hazle pensar que el problema está en que la gente pasa hambre. No admitas bajo ningún concepto que pasan hambre por nuestra culpa, que aunque les dé comida, la situación no cambiará. Así, en vez de echarnos la bronca a nosotros, irá a vacunar a los enfermos de malaria, o a dar de comer a los desamparados. Mientras no digan nada aquí, mejor, así los mantenemos entretenidos.
  2. Si las grandes masas se enteran de la injusticia, inventa alguna forma de que no cambien el problema. Ejemplo práctico: Reventamos un país como Sierra Leona para mantener nuestra industria de teléfonos móviles. Haz que la gente se involucre mandándoles algo de dinero. Así, pensarán que solucionan el problema, cuando realmente al día siguiente nos comprarán un móvil y, aunque contribuyan mínimamente al aumento del nivel de vida de los habitantes de Sierra Leona, nosotros seguiremos explotándolos. Pensándolo mejor, si les quitas el problema de la cabeza haciendo que piensen que lo han solucionado, ¡incluso tendrán más espacio hueco en la cabeza y consumirán más!
  3. Haz que se sientan desorientados. ¿Que hay un grupo de punks que se queja del abuso de las multinacionales, que se identifica por su uso de ropa de colores chillones? ¿Que los hippies pacifistas visten con el símbolo de la paz? Simple. Haz que en TODAS las tiendas del mundo desarrollado vendan ropa igual que la suya. Cuando todos vistan igual, a ver cómo mantienen su identidad de grupo. Y cuando todo el mundo se sienta mejor consigo mismo por llevar el símbolo de la paz, a ver quién hace caso a los verdaderos pacifistas.

En conclusión:

  • Nuestros queridos antisistema estarán demasiado ocupados en Uganda, en comedores sociales o haciendo fotorreportajes del impacto del cólera en Haití; podando el árbol podrido en lugar de atacar las raíces del problema y destruir el ciclo. Los pocos que queden perderán fuerza porque hemos homogeneizado a la población para hacer que no destaquen. ¡No quedará nadie que nos haga cambiar!
  • Los países pobres seguirán siendo pobres, a pesar de las aportaciones solidarias del mundo desarrollado y de los esfuerzos de los pocos valientes que les ayudan, y les podremos seguir explotando para continuar ofreciendo productos.
  • Las grandes masas creerán que han aportado su granito de arena, que si siguen así las cosas cambiarán a mejor, y mientras tanto, consumirán, ¡cerrando ese círculo del que nosotros sacamos dinero para vivir bien!

Lo mejor de este método es que no sólo funciona en teoría. Abre el periódico, enciende la tele. Ahí tienes.

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T_D_S C_BR_N_S

26 agosto 2010

Imaginen un principio épico y apocalíptico sobre cómo nos alimentamos de los países en desarrollo para poder llevar nuestro estilo de vida, todas esas cosas sobre las que escribo, sobre cómo somos unos cabrones egoístas egocéntricos hipócritas y toooooodo eso que hemos oído mil veces en la tele, nos han dicho nuestros padres y profesores o hemos leído en la revista de Médicos Sin Fronteras (no escribo así por burlarme de los problemas del mundo, sino porque ahora mismo no soy capaz de escribir algo así sin sonar sarcástico o gilipollas).

Simplemente es que ese parece ser el problema. Todos somos brillantes personas (yo el primero) por hablar de la injusticia social y la discriminación, a todos se nos da genial hablar y hablar sobre los problemas de nuestra sociedad, pero ninguno de nosotros (y de nuevo, yo el primerísimo) mueve un puto músculo por ayudar.

Podría intentar subirme la moral diciendo que el hecho de pensar en el problema, darme cuenta de él y sentirme despierto ante la crueldad del mundo me diferencia del resto de la gente que sigue llevando su vida cotidiana. Me recuerda a esta viñeta que vi hace tiempo:

Y es que resulta que ahora todos somos Gandhi. El mero hecho de pensar en un problema sin intentar encontrar una solución, por pura lógica, no arreglará el problema. Y creerme superior o más inteligente que el resto del mundo por el mero hecho de pensar en el problema es, por pura lógica, de gilipollas.

También podría decir que no es culpa mía, que simplemente he nacido en esta sociedad que nos presiona y nos moldea a su gusto, nos educa para el fracaso y el paro y nos empuja a un agujero negro de consumismo y… Lo siento, me he quedado dormido.

Otra solución posible es que simplemente no nos importen una mierda los demás. Prefiero suponer que no, obviamente, pero es curioso, siempre que pienso en estos temas acabo llegando a esta conclusión… Algo tendrá de cierto.

De momento, la única respuesta que se me ocurre es que el guionista de Watchmen es un cabrón con suerte, porque ha encontrado la única solución hasta el momento para la situación actual, una solución que dejaría al mundo en paz y que nos pondría a todos manos a la obra. Desgraciadamente, requiere un superhéroe o dos y un gran avance en física cuántica. Ah, y un supervillano, eso que no falte. Por suerte, de esos nos sobran.

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Fobiofobia

25 abril 2010

Si el amor mueve el mundo, el miedo mueve al amor.  Y, si el amor viene del corazón, el miedo viene de la cabeza. Es una reacción normal a una posibilidad. Instintivamente nos echamos atrás porque pensamos que siempre existe la posibilidad del fracaso. El fracaso puede ser físico, como hostiártela intentando un salto mortal; amoroso, como que te den calabazas; académico y un sinfín de cosas que no me apetece explicar. Lo importante es que surge como reacción a un error al actuar.

He podido comprobar que muchas veces nos jugamos a nosotros mismos malas pasadas y nos quedamos de brazos cruzados simplemente por miedo a cagarla, simplemente porque existe la ínfima posibilidad de que salga mal. En estos casos, lo que recomiendan los colegas es actuar sin pensar, porque cuanto más pienses, más te vas a convencer de que es una chorrada. Probablemente lo sea. Eso es lo de menos.

Poco a poco empieza a asomar el miedo al que creo que hay que hacer caso, que es el miedo a lo que pueda ocurrir si nos quedamos de brazos cruzados. De ahí surge mi teoría de que es preferible la decepción a la intriga. La intriga lleva a comerse mucho el coco y pensar no puede ser bueno para la salud. Si sabes la verdad, va que chuta.

Cómo se nota que el cerebro se me está secando (y no será precisamente de tanto leer), porque las entradas anteriores se han chupado todo el jugo y estas se están quedando raquíticas. Pero bueno, vendrán tiempos mejores. O, en su defecto, entradas mejores.

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Tatuajes sociales

10 marzo 2010

Pues no, aunque me temo que algún día llegaremos a ese extremo, de momento no conozco a nadie que se haya tatuado el logo de una red social, así que al decir tatuaje social no me refiero exactamente a eso. Me refiero más bien a todas esas cosas a las que la sociedad, Matrix, el sistema, root, Dios, las leyes de la termodinámica, nuestros profesores o como lo queráis llamar nos obliga a tatuarnos.

Uno de los primeros tatuajes que nos hacemos es la educación. Porque ahora resulta que, si no tienes un doctorado en física cuántica, no vas a hacer una mierda ahí fuera. ¿Qué pasa, que quieres acabar de repartidor de pizzas o de cajero en McDonald’s? Mejor ponte a estudiar, anda, que da igual que no sepas para qué te va a servir. Desde pequeño, si no sacas buenas notas eres el tonto de la clase (y si sacas notas altas, el empollón, pero eso no viene a cuento, de momento). Si eres el tonto de la clase, la gente pasa de ti, porque resulta que somos así de cabrones. Esa gente seguirá pegándose un curre tremendo, muy meritorio. Al cabo de quince años de supuesta educación, que se dice muy rápido, algunos de ellos irán a la Universidad, currarán en cuatro años más de lo que hicieron en los quince años anteriores, para obtener un pedazo de papel que, en la práctica, no simboliza que hayan aprendido nada en absoluto, pero que les valdrá para obtener un trabajo. Llevamos ya un tatuaje y diecinueve años de estudios, en algunos casos no deseados, de una edad teórica de veintidós años. Evidentemente, los tres años anteriores a entrar en el colegio no se puede disfrutar mucho de la vida, así que podemos decir que esa gente que se metía con el tonto de la clase por no trabajar se ha pegado la vida currando para obtener ese mísero pedacito de papel con su nombre y el de la granja universidad en cuestión. Mientras tanto, el tonto de la clase ha ido día tras día a hacer algo que verdaderamente le gusta, como las artes marciales, y haya ido aprendiendo hasta verdaderamente conocer su cuerpo y aprovechar ese conocimiento para defenderse, pero eso no es todo.

Es aquí cuando entra en escena el siguiente tatuaje. Es muuuuuuuuuucho más grande, ocupa todo el pecho y parte de la espalda. Se llama trabajo. Después de obtener el preciado trozo de papel, hemos conseguido finalmente encontrar un trabajo que encaja a la perfección con nuestra licenciatura en gestión de empresas: seguramente algo relacionado con la política o la sanidad pública. Cobraremos unos mil y pico euros al mes, lo justo para pagar lo que debemos a la universidad por habernos dado el pedacito de papel y para llegar a fin de mes. Viviremos con los huevos en la garganta porque nos podrán despedir en cualquier momento. Nuestro trabajo nos estresará, no podremos dormir por las noches. Nuestro trabajo no nos pagará los gastos de desplazamiento hasta la oficina, nos tendremos que pagar el uniforme y tal vez vivamos de hacer cabronadas a la gente como pillarla cuando no ha pagado el tranvía (no digo que no se deba pagar, pero tampoco creo que sea agradable pasarse el día diciendo lo siento, sé que es muy caro y te molesta pagarlo, pero a mí me pagan por hacer esto). Mientras tanto, el tonto de la clase se ha sacado el cinturón negro de jiu-jitsu y ha empezado a dar clases. No es rico, pero trabaja en algo que le gusta.

El tercer tatuaje, el de los abdominales, se llama vivienda. Los huevos nos subirán hasta la epiglotis porque nos sobrarán treinta euros al mes para nuestros gastos personales. Encima, no sólo nos podrán despedir en cualquier momento, sino que al propietario del piso en el que vivimos se le puede cruzar el cable y dejarnos en la calle, subirnos el alquiler o meternos a alguien más en la casa. Otra opción es tatuarnos una hipoteca y vender nuestra alma al diablo, es decir, los bancos. De este tampoco se libra el tonto de la clase, pero como no tiene apuros económicos, sobrevive sin mucho problema. Sus ingresos tan sólo dependen del número de personas que vayan a su clase.

Como consecuencia de su trabajo, los que se metían con el tonto de la clase hace veinte años tendrán que comprarse un coche, el cuarto tatuaje. Como viviremos a veinte kilómetros de nuestro trabajo, nos veremos obligados, si no lo hemos hecho ya al encontrar casa, a firmar con sangre el crédito de un coche que tendremos que mantener, reparar y limpiar constantemente y que, para más inri, contamina nuestro planeta. Nos estresaremos para aparcarlo, tendremos que salir media hora antes para llegar a tiempo a donde sea, por los atascos y todo eso. Mientras, nuestro segundo dan, el tonto de la clase, se desplaza en bici por la ciudad para recorrer los pocos trayectos necesarios en su día a día.

Existen otros tatuajes opcionales, como el matrimonio, los hijos, los robos, la seguridad, los ordenadores y demás cosas que son comunes tanto a currantes como a tontos, aunque no acaba de quedarme claro quién es más tonto.

Me incluyo en el 95% de la sociedad que acabará pegándose un tercio de la vida estudiando y los dos tercios restantes trabajando, porque, de momento, no he encontrado una buena razón para estudiar, por lo que estudio, no vaya a ser que encuentre la razón a los veinte años y no tenga estudios. Es una solución un poco cobarde, no pega del todo con mi pereza habitual, pero es lo que hay. Si tenéis alguna razón para estudiar o dejar de hacerlo que no haya escrito aquí, dejad un comentario. Si no, también.

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El planeta de los nimios

8 enero 2010

El otro día mi hermana encontró en el diccionario una palabra que me llamó la atención: ombliguismo. Tan curiosa me pareció que, en lugar de escribir sobre banalidades tales como la hipocresía o la falsedad, voy a cambiar un poco de tema para escribir sobre el egocentrismo.

Antes de nada, quisiera aportar un pequeño (o no tan pequeño) marco a esta pintoresca novela. Para ello, os voy a informar acerca de nuestra situación actual.

El radio de nuestro planeta es de 6400 km. Si tenemos en cuenta que la altura del español medio ronda los 175 cm, podríamos afirmar que somos 3657142,86 veces más pequeños que el radio de la Tierra, es decir, que si la Tierra fuera un balón de fútbol, cada uno de nosotros sobresaldría 0,0000082 centímetros, más o menos el tamaño de un virus.

Otro dato: la distancia de la Tierra al Sol es de 149.000.000 km, y como soy tan cruel y todas esas cosas, os quiero hacer sentir insignificantes y os diré que la altura de un español medio representa el 0,0000000116% de esa distancia. Regla de tres, obtenemos el 100%: tendríamos que poner juntos uno sobre otro a 86206896551,7 españoles (862206890551 españoles y un colombiano) para que el colombiano en cuestión fuera el primer hombre en pisar el Sol, es decir, más de 13 veces la población de todo el planeta.

Por si todavía estáis ahí leyendo, os meteré unos cuantos numeritos más en la cabeza:

  • La Tierra gira sobre si misma a 0,4 kilómetros por segundo.
  • La Tierra gira alrededor del Sol a 29 kilómetros por segundo.
  • El Sol y unas cuantas estrellas más (tan sólo 400000000000) están girando alrededor del centro de la galaxia a 251 kilómetros por segundo.
  • Todas las estrellas de nuestra galaxia (400000000001, si seguimos los cálculos anteriores) se dirigen hacia la galaxia de Andrómeda a 140 kilómetros por segundo.
  • Andrómeda y la Vía Láctea forman parte de un grupo de galaxias denominado Grupo Local, formado por otras 30 galaxias, en cada una de las cuales hay un par de estrellas y puede que dos o tres planetas.
  • El Grupo Local está contenido por el Supercúmulo de Virgo, una especie de asociación de vecinos con un diámetro de 1890000000000000000000 kilómetros.

Si queréis textos bíblicos sobre lo mierdoso que es nuestro mundo ya que somos insignificantes y hay guerras y pobreza y hambre y etcétera etcétera, no los encontraréis, porque para eso ya hay mucha gente, un colectivo al que no me haría mucha ilusión pertenecer. Simplemente quiero apuntar que una vez que tomamos conciencia de que cada segundo que marca el reloj hemos girado 0,4 kilómetros alrededor del eje la Tierra, 29 kilómetros alrededor del Sol y 250 kilómetros alrededor del centro de la galaxia, se hace mucho más fácil comprender a la gente que se cree el centro del universo se encuentra en su ombligo, ¿no?

Eso si al final resulta que las ovejas tenemos ombligo…

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En realidad, la educación pertenece al sector primario

26 diciembre 2009

Como sé que me queréis tanto, haré el esfuerzo de escribir la última entrada del año, en vivo y en directo desde Barcelona. Y, precisamente porque todos vosotros me tenéis en tan alta estima, esta entrada hablará de todos vosotros (de mí incluido, por descontado), no como las últimas dos y media, que llevaban dedicatoria especial aunque no haya quedado muy claro. Ains, que me pongo a pensar en vosotros, mi querida sociedad, y se me hace un nudo en la garganta, se me saltan las lágrimas, noto la puta bilis en la lengua, me dan ganas de coger el bokken y rebanaros esas cabezas tan preciosas, llenas de piercings y atiborradas de gomina… Vamos, que estas fechas me han ablandado el corazón, posiblemente por el cansancio y, en lugar de criticar como el vil hipócrita que soy, os voy a dar una pequeña charla sobre ganadería. Vamos al tema.

Tras mucho cavilar, he llegado a la conclusión de que tampoco nos diferenciamos mucho del resto de animales. Hay quien dice que los jóvenes de hoy en día están como cabras, pero yo creo que más bien estamos como putas ovejas. Somos un feroz ejército de adiestradas y uniformadas ovejas.

En definitiva, nos levantamos, vamos a la cocina, desayunamos pienso amorfo y artificial, a toda prisa, y nuestros padres nos conducen a ese mamotreto gris de hormigón y aluminio que es la cooperativa agrícola, donde entramos mansamente y vamos cada uno a su clase para que esos señores con uniformes nos esquilen las ideas y nos expriman hasta la última gota de pensamiento independiente. A las once en punto, entramos como una hecatombe en el corral donde nos dan de comer, pero eso sí, el pienso caro de este corral no es amorfo como el que desayunamos, sino que es de colores vistosos para que peleemos mejor por él, si bien ambos alimentos están igualmente atiborrados de hormonas para controlar nuestro crecimiento y experimentar con nosotros. El resto de la media hora que nos dan para pastar lo pasamos caminando en círculo sobre nuestras propias huellas, como buen ganado ovino que somos. Volvemos a nuestra granja por la tarde y nos separamos de nuestras congéneres, pero como hoy en día el sector primario está tan altamente tecnificado, seguimos en contacto con el resto de rumiantes a través de las redes sociales de internet, ese gran invento sobre el que alguna vez escribiré una entrada.

Y así seguimos, con la mente aletargada, sin quejarnos (la mayoría), dejándonos esquilar y exprimir sin oponer más resistencia que la que ofrecen nuestras crestas, pelos engominados y rizos a lo Slash, ajenos a la idea de que hace unos años salió al cine una película que se llamaba Zafarrancho en el Rancho y que nos serviría de inspiración, sin ganas algunas de ser diferentes, sin mostrar el más mínimo interés por no ser del montón. Así van las cosas.

Feliz navidad a todos vosotros, que paséis estas fechas tan señaladas con los que os sean queridos, disfrutando de la legendaria hipocresía familiar, pero, sobre todo, que el año 2010 no os cambie, por favor. Con todo esto de las vacas locas uno no sabe cuándo la cosa se va a extender, y dentro de poco todos seremos unas ovejas locas de las que nadie se preocupará, si es que no lo somos ya. Sólo somos mil millones. El mundo necesita más ovejas.

Beeeee.

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Don’t worry- be angry!

29 noviembre 2009

Si es que la sociedad de hoy en día tiene unas cosas bastante curiosas… Hay quien la llama sociedad del consumo, la sociedad de la era de la información (en mi opinión pegaría más in-formación, pero para gustos colores, oiga), la sociedad virtual… Todo eso está muy bien, pero a mí se me acaba de ocurrir un nombre aún mejor: la sociedad del cabreo. Y no es que sean enfados injustificados, causados a raíz de memeces sin sentido o nimiedades sin importancia, sino que tienen su base filosófica. Son enfados que nos hacen reflexionar sobre lo repugnante que es nuestro mundo. Veamos algunos ejemplos:

¿Quién no se ha enfadado alguna vez porque le digan que tiene la música en los auriculares muy alta? Sí, esas situaciones en que una viejecita que va sentada al lado tuyo en el tranvía te dice que ella con 67 años tuvo que desembolsar media pensión para que le dieran el sonotone, y todo eso por medio peso para que ahora los jovenzuelos irresponsables se queden sordos a los 25. La verdad, es normal que uno se enfade. Los israelíes tirando misiles a los palestinos cada vez que no les va el ADSL y no pueden ver porno, ¡y los palestinos se quejan! ¡Que se vengan a España, a ver cuánto tiempo aguantan a la viejecita del sonotone!

Pongamos otro caso. Tras dos agotadoras horas de hacer vida social (ejem) en el ordenador, te dispones a recuperar energía. Recorres los veinte pasos que separan tu dormitorio del alimento en cuestión, en este caso una taza de Cola Cao con galletas, deleitándote con el aroma a chocolate que vas imaginándote, hasta que te das cuenta de que el olor es demasiado real como para no serlo. Algo va mal. Al llegar a la cocina, con el corazón en un puño, descubres a tu hermano pequeño con tus galletas y con tu Cola Cao, pero… ¡Alto ahí! Ya no quedan galletas! ¿No es para morirse de rabia? Claro que hay yogures de sabores en la nevera, claro que hay queso y jamón para hacerte un sándwich, claro que hay fruta en el plato sobre la mesa, hay un bizcocho de chocolate en el horno, pero ¡tú querías tu Cola Cao con galletas! Bah, ¡y los niños de Somalia se quejan! ¿Tanto importa tener que caminar veinte kilómetros para intentar conseguir un cubo de agua potable llena de enfermedades? ¡Tú quieres tu Cola Cao y tus galletas!

Otro ejemplo: Llegado el día 15 del mes, sábado, te llaman para ir al cine. Sí, te encantaría. No, no hará falta que te pasen a buscar. Sí, a las seis en la Weyler. Te cabreas momentáneamente porque no encuentras tu mejor camisa, la única que pega con el pantalón que llevas, que es el único que está limpio, lo cual obviamente es culpa de tu madre, hasta que la encuentras, le quitas el polvo y el pelo y te la pones, te peinas, coges el móvil, las llaves y la cartera. ¡Alto! Comienza un cabreo mayor, no tan momentáneo como el anterior: ¿Cómo puede ser que sólo queden tres euros y que todavía estemos a día quince del mes? Lo primero que piensas es que hay un billete de cinco euros sobre tu mesa o en tu bolso, o que tu padre no te dio toda la paga sino que le faltaban diez euros y te dijo que te los daría otro día, hasta que comienzas a recordar. Primero, como el primero de mes cayó sábado, aprovechaste la ocasión para comer todo un McMenú en lugar de la caja de Nuggets de un euro que sueles pedir. El siguiente viernes viste unos pendientes muy bonitos que sólo costaban seis euros y que verdaderamente necesitabas, ya que sólo tenías seis pares, mientras que tus amigas cambian de pendientes dos veces al día; y el sábado siguiente perdiste la última guagua porque estabas terminando de beber un batido y no te diste cuenta de la hora que era, por lo que cogiste un taxi para llegar a casa, otros cinco euros. Total, que sólo te quedan tres para ir al cine. Es comprensible que te enfades, si es que no es justo. ¿Que de quién es la culpa? ¿Y eso qué más da? Lo que importa es que el mundo es injusto. Hay niños chinos trabajando doce horas al día en un fábrica para que sólo les den un dólar al mes, pero es que en China todo está más barato, ¡idiota! Si sólo les dieran un dólar al mes estarían muertos de hambre y en condiciones de pobreza extrema. ¿Cómo se me ocurre pensar eso?

Y, por último, un caso muy frecuente y socorrido: la ropa. Aunque hayas tenido que desembolsar veinte de los veinticinco euros de que dispones este mes, ha valido la pena. Esa preciosa camisa, con esos chillones colores y esa tela tan suave que casi puedes sentir las huellas dactilares de la mujer embarazada de Indonesia que tuvo el honor de coser tu camisa, la que te hará llegar a la cima de la sociedad durante una semana en el mejor de los casos. ¿No es perfecta? Eso piensas mientras entras en el aula cinco minutos tarde, estrategia planeada anteriormente para que todos vean tu nueva adquisición, momento en el que te fijas en algo muy chillón en el fondo de la clase. ¡No puede ser! ¡Esa furcia lleva la misma camisa que tú! ¿Cómo se atreve? ¡Era tuya! ¡Tú la compraste primero, probablemente! Este conflicto dividirá a la clase en dos bandos que no se reconciliarán jamás. Es un gran motivo para enfadarte y pasarte el resto del día enfurruñada repitiéndoselo a todo el mundo. Obviamente, ¿qué importa que haya gente muriendo de frío en Ucrania porque a los rusos no les da la gana mandarles gas natural? ¡Haber comprado ropa antes (pero no tu camisa, ojo)! ¡Si es que son cosas inauditas!

 

Pero atención, ¿enfadarse porque quinientos millones de idiotas se enfaden por las chorradas arriba mencionadas?

Eso si que no tiene perdón.