Archivo de 10/03/10

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Tatuajes sociales

10 marzo 2010

Pues no, aunque me temo que algún día llegaremos a ese extremo, de momento no conozco a nadie que se haya tatuado el logo de una red social, así que al decir tatuaje social no me refiero exactamente a eso. Me refiero más bien a todas esas cosas a las que la sociedad, Matrix, el sistema, root, Dios, las leyes de la termodinámica, nuestros profesores o como lo queráis llamar nos obliga a tatuarnos.

Uno de los primeros tatuajes que nos hacemos es la educación. Porque ahora resulta que, si no tienes un doctorado en física cuántica, no vas a hacer una mierda ahí fuera. ¿Qué pasa, que quieres acabar de repartidor de pizzas o de cajero en McDonald’s? Mejor ponte a estudiar, anda, que da igual que no sepas para qué te va a servir. Desde pequeño, si no sacas buenas notas eres el tonto de la clase (y si sacas notas altas, el empollón, pero eso no viene a cuento, de momento). Si eres el tonto de la clase, la gente pasa de ti, porque resulta que somos así de cabrones. Esa gente seguirá pegándose un curre tremendo, muy meritorio. Al cabo de quince años de supuesta educación, que se dice muy rápido, algunos de ellos irán a la Universidad, currarán en cuatro años más de lo que hicieron en los quince años anteriores, para obtener un pedazo de papel que, en la práctica, no simboliza que hayan aprendido nada en absoluto, pero que les valdrá para obtener un trabajo. Llevamos ya un tatuaje y diecinueve años de estudios, en algunos casos no deseados, de una edad teórica de veintidós años. Evidentemente, los tres años anteriores a entrar en el colegio no se puede disfrutar mucho de la vida, así que podemos decir que esa gente que se metía con el tonto de la clase por no trabajar se ha pegado la vida currando para obtener ese mísero pedacito de papel con su nombre y el de la granja universidad en cuestión. Mientras tanto, el tonto de la clase ha ido día tras día a hacer algo que verdaderamente le gusta, como las artes marciales, y haya ido aprendiendo hasta verdaderamente conocer su cuerpo y aprovechar ese conocimiento para defenderse, pero eso no es todo.

Es aquí cuando entra en escena el siguiente tatuaje. Es muuuuuuuuuucho más grande, ocupa todo el pecho y parte de la espalda. Se llama trabajo. Después de obtener el preciado trozo de papel, hemos conseguido finalmente encontrar un trabajo que encaja a la perfección con nuestra licenciatura en gestión de empresas: seguramente algo relacionado con la política o la sanidad pública. Cobraremos unos mil y pico euros al mes, lo justo para pagar lo que debemos a la universidad por habernos dado el pedacito de papel y para llegar a fin de mes. Viviremos con los huevos en la garganta porque nos podrán despedir en cualquier momento. Nuestro trabajo nos estresará, no podremos dormir por las noches. Nuestro trabajo no nos pagará los gastos de desplazamiento hasta la oficina, nos tendremos que pagar el uniforme y tal vez vivamos de hacer cabronadas a la gente como pillarla cuando no ha pagado el tranvía (no digo que no se deba pagar, pero tampoco creo que sea agradable pasarse el día diciendo lo siento, sé que es muy caro y te molesta pagarlo, pero a mí me pagan por hacer esto). Mientras tanto, el tonto de la clase se ha sacado el cinturón negro de jiu-jitsu y ha empezado a dar clases. No es rico, pero trabaja en algo que le gusta.

El tercer tatuaje, el de los abdominales, se llama vivienda. Los huevos nos subirán hasta la epiglotis porque nos sobrarán treinta euros al mes para nuestros gastos personales. Encima, no sólo nos podrán despedir en cualquier momento, sino que al propietario del piso en el que vivimos se le puede cruzar el cable y dejarnos en la calle, subirnos el alquiler o meternos a alguien más en la casa. Otra opción es tatuarnos una hipoteca y vender nuestra alma al diablo, es decir, los bancos. De este tampoco se libra el tonto de la clase, pero como no tiene apuros económicos, sobrevive sin mucho problema. Sus ingresos tan sólo dependen del número de personas que vayan a su clase.

Como consecuencia de su trabajo, los que se metían con el tonto de la clase hace veinte años tendrán que comprarse un coche, el cuarto tatuaje. Como viviremos a veinte kilómetros de nuestro trabajo, nos veremos obligados, si no lo hemos hecho ya al encontrar casa, a firmar con sangre el crédito de un coche que tendremos que mantener, reparar y limpiar constantemente y que, para más inri, contamina nuestro planeta. Nos estresaremos para aparcarlo, tendremos que salir media hora antes para llegar a tiempo a donde sea, por los atascos y todo eso. Mientras, nuestro segundo dan, el tonto de la clase, se desplaza en bici por la ciudad para recorrer los pocos trayectos necesarios en su día a día.

Existen otros tatuajes opcionales, como el matrimonio, los hijos, los robos, la seguridad, los ordenadores y demás cosas que son comunes tanto a currantes como a tontos, aunque no acaba de quedarme claro quién es más tonto.

Me incluyo en el 95% de la sociedad que acabará pegándose un tercio de la vida estudiando y los dos tercios restantes trabajando, porque, de momento, no he encontrado una buena razón para estudiar, por lo que estudio, no vaya a ser que encuentre la razón a los veinte años y no tenga estudios. Es una solución un poco cobarde, no pega del todo con mi pereza habitual, pero es lo que hay. Si tenéis alguna razón para estudiar o dejar de hacerlo que no haya escrito aquí, dejad un comentario. Si no, también.

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