Si es que la sociedad de hoy en día tiene unas cosas bastante curiosas… Hay quien la llama sociedad del consumo, la sociedad de la era de la información (en mi opinión pegaría más in-formación, pero para gustos colores, oiga), la sociedad virtual… Todo eso está muy bien, pero a mí se me acaba de ocurrir un nombre aún mejor: la sociedad del cabreo. Y no es que sean enfados injustificados, causados a raíz de memeces sin sentido o nimiedades sin importancia, sino que tienen su base filosófica. Son enfados que nos hacen reflexionar sobre lo repugnante que es nuestro mundo. Veamos algunos ejemplos:
¿Quién no se ha enfadado alguna vez porque le digan que tiene la música en los auriculares muy alta? Sí, esas situaciones en que una viejecita que va sentada al lado tuyo en el tranvía te dice que ella con 67 años tuvo que desembolsar media pensión para que le dieran el sonotone, y todo eso por medio peso para que ahora los jovenzuelos irresponsables se queden sordos a los 25. La verdad, es normal que uno se enfade. Los israelíes tirando misiles a los palestinos cada vez que no les va el ADSL y no pueden ver porno, ¡y los palestinos se quejan! ¡Que se vengan a España, a ver cuánto tiempo aguantan a la viejecita del sonotone!
Pongamos otro caso. Tras dos agotadoras horas de hacer vida social (ejem) en el ordenador, te dispones a recuperar energía. Recorres los veinte pasos que separan tu dormitorio del alimento en cuestión, en este caso una taza de Cola Cao con galletas, deleitándote con el aroma a chocolate que vas imaginándote, hasta que te das cuenta de que el olor es demasiado real como para no serlo. Algo va mal. Al llegar a la cocina, con el corazón en un puño, descubres a tu hermano pequeño con tus galletas y con tu Cola Cao, pero… ¡Alto ahí! Ya no quedan galletas! ¿No es para morirse de rabia? Claro que hay yogures de sabores en la nevera, claro que hay queso y jamón para hacerte un sándwich, claro que hay fruta en el plato sobre la mesa, hay un bizcocho de chocolate en el horno, pero ¡tú querías tu Cola Cao con galletas! Bah, ¡y los niños de Somalia se quejan! ¿Tanto importa tener que caminar veinte kilómetros para intentar conseguir un cubo de agua potable llena de enfermedades? ¡Tú quieres tu Cola Cao y tus galletas!
Otro ejemplo: Llegado el día 15 del mes, sábado, te llaman para ir al cine. Sí, te encantaría. No, no hará falta que te pasen a buscar. Sí, a las seis en la Weyler. Te cabreas momentáneamente porque no encuentras tu mejor camisa, la única que pega con el pantalón que llevas, que es el único que está limpio, lo cual obviamente es culpa de tu madre, hasta que la encuentras, le quitas el polvo y el pelo y te la pones, te peinas, coges el móvil, las llaves y la cartera. ¡Alto! Comienza un cabreo mayor, no tan momentáneo como el anterior: ¿Cómo puede ser que sólo queden tres euros y que todavía estemos a día quince del mes? Lo primero que piensas es que hay un billete de cinco euros sobre tu mesa o en tu bolso, o que tu padre no te dio toda la paga sino que le faltaban diez euros y te dijo que te los daría otro día, hasta que comienzas a recordar. Primero, como el primero de mes cayó sábado, aprovechaste la ocasión para comer todo un McMenú en lugar de la caja de Nuggets de un euro que sueles pedir. El siguiente viernes viste unos pendientes muy bonitos que sólo costaban seis euros y que verdaderamente necesitabas, ya que sólo tenías seis pares, mientras que tus amigas cambian de pendientes dos veces al día; y el sábado siguiente perdiste la última guagua porque estabas terminando de beber un batido y no te diste cuenta de la hora que era, por lo que cogiste un taxi para llegar a casa, otros cinco euros. Total, que sólo te quedan tres para ir al cine. Es comprensible que te enfades, si es que no es justo. ¿Que de quién es la culpa? ¿Y eso qué más da? Lo que importa es que el mundo es injusto. Hay niños chinos trabajando doce horas al día en un fábrica para que sólo les den un dólar al mes, pero es que en China todo está más barato, ¡idiota! Si sólo les dieran un dólar al mes estarían muertos de hambre y en condiciones de pobreza extrema. ¿Cómo se me ocurre pensar eso?
Y, por último, un caso muy frecuente y socorrido: la ropa. Aunque hayas tenido que desembolsar veinte de los veinticinco euros de que dispones este mes, ha valido la pena. Esa preciosa camisa, con esos chillones colores y esa tela tan suave que casi puedes sentir las huellas dactilares de la mujer embarazada de Indonesia que tuvo el honor de coser tu camisa, la que te hará llegar a la cima de la sociedad durante una semana en el mejor de los casos. ¿No es perfecta? Eso piensas mientras entras en el aula cinco minutos tarde, estrategia planeada anteriormente para que todos vean tu nueva adquisición, momento en el que te fijas en algo muy chillón en el fondo de la clase. ¡No puede ser! ¡Esa furcia lleva la misma camisa que tú! ¿Cómo se atreve? ¡Era tuya! ¡Tú la compraste primero, probablemente! Este conflicto dividirá a la clase en dos bandos que no se reconciliarán jamás. Es un gran motivo para enfadarte y pasarte el resto del día enfurruñada repitiéndoselo a todo el mundo. Obviamente, ¿qué importa que haya gente muriendo de frío en Ucrania porque a los rusos no les da la gana mandarles gas natural? ¡Haber comprado ropa antes (pero no tu camisa, ojo)! ¡Si es que son cosas inauditas!
Pero atención, ¿enfadarse porque quinientos millones de idiotas se enfaden por las chorradas arriba mencionadas?
Eso si que no tiene perdón.
